En Venezuela puede que no haya un final feliz

El gobierno venezolano ha utilizado las fuerzas militares para reprimir a las voces disidentes en las protestas diarias. Efecto Eco / Wikimedia, CC BY

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En Venezuela se ha roto la lógica de funcionamiento de las instituciones republicanas.

Digo esto sabiendo bien que la semana pasada un número importante de venezolanos se manifestó en rechazo a la propuesta de Asamblea Constituyente del gobierno de Nicolás Maduro, que propone revisar la Constitución del país.

El gobierno no les hizo caso. Ahora la oposición ha convocado una huelga de 48 horas para presionar al presidente a suspender la elección, el domingo, de la Asamblea Constituyente.

Estos esfuerzos son un intento por instituir un espacio para el ejercicio popular de la democracia, cosa que no hemos olvidado a pesar de que los acontecimientos de los últimos 100 días nos ponen frente a una situación de violencia que supera, con mucho, las dinámicas normales de la vida civilizada.

Ya no se trata solamente de los avatares cotidianos de la escasez de productos de primera necesidad, ni de las dificultades para encontrar medicamentos, o de la necesidad de protegernos en contra de la inseguridad desbordada.

Con más de cien muertes violentas a lo largo de poco más de tres meses de protesta diaria, se puede confirmar que ya en Venezuela, se ha roto nuestra concepción republicana del contrato colectivo.

Hemos entrado en un a dinámica irreal que nos recuerda las dinámicas ficcionales del realismo mágico de Jorge Luis Borges. Es como si viviéramos en un universo borgeano en el cual todo es posible, en cual todo puede inventarse, todo puede suceder.

Cronología del absurdo

En estos tiempos profundamente líquidos, acá hasta las formas de la confrontación política se han vuelto posmodernas. Rige una dinámica anarquizada.

Cada grupo de manera espontánea puede o no actuar para cerrar calles, para violentar los espacios de la autonomía universitaria, para machacar a los contrarios, para hacer lo que le dé la gana más allá de las normas mínimas de la convivencia colectiva y sin una dirección política claramente unificada.

Muchachos enmascarados chocan de manera anónima contra las fuerzas del estado. Se destruye la infraestructura de las ciudades, desde postes de luz y alcantarillas hasta el transporte público.

Las fuerzas del orden público responden con el uso desproporcionado de la fuerza y aplicación de medidas judiciales para criminalizar a la oposición, con resultado de que contamos en nuestro haber con unos 400 los presos políticos, según datos de Human Rights Watch.

Si de algo podemos estar seguros es que vivimos en una situación de guerra de baja intensidad.

Solo en guerra podrían los ciudadanos estar sometidos al terror y tragar bombas lacrimógenas de manera más o menos frecuente. Solo en guerra aparecen cotidianamente barricadas a lo largo y ancho de las ciudades principales de un país y las fuerzas militares recorren las calles.

Toda facción es responsable por este conflicto. La verdad es que las manifestaciones no son tan pacíficas como indica la oposición ni tan violentas como propone el gobierno.

En las últimas semanas se ha producido una escalada que no sabemos muy bien hacia dónde se encauza ni en qué punto podría derivar. El 27 de junio, Día Nacional del Periodista, grupos irregulares rodearon el edificio de la Asamblea Nacional dejando a diputados y a trabajadores de los medios atrapados durante horas, lanzándoles insultos y amenazas.

Este hecho, que no fue menor, podría caracterizarse como el “ensayo general” de lo que siguió: la toma de la Asamblea Nacional el 5 de julio, en medio del acto celebratorio de la Firma del Acta de nuestra Independencia en el lejano año de 1812.

En esta fecha eminentemente civil, una horda humana entró en medio del acto y a fuerza de gritos, golpes, detonaciones e intimidaciones, que sembraron el miedo, dejaron a algunos diputados de partidos de la oposición heridos y a integrantes de la prensa, personal de la institución y algunos diplomáticos secuestrados durante algunas horas.

Esta es la representación gráfica del secuestro del espíritu republicano de la nación.

Civilización versus barbarie

Todo lector de la literatura latinoamericana poscolonial conoce nuestra obsesión con el tema de la civilización versus la barbarie. De nuevo, los venezolanos lidiamos con estas fuerzas telúricas que nos habitan.

Hemos perdido las formas de la modernidad. Nos vemos sometidos a las dinámicas anárquicas de la barbarie. Nos movemos entre el resentimiento, el odio y la incomprensión sin medir las consecuencias.

Acá nadie está libre de pecado. Todos hemos de una manera u otra contribuido con las dinámicas destructivas en las cuales nos encontramos inmersos. Los ciudadanos hemos apostados por el populismo, el gobierno se ha dejado atrapar por la corrupción y la ineficiencia, la oposición no ha construido una alternativa viable.

Todos hemos incurrido en el facilismo, en la búsqueda del caudillo salvador.

Esto nos ha llevado a desarrollar lo que parece una incapacidad estructural para el diálogo y la búsqueda de soluciones negociadas a las profundas controversias que nos habitan.

Las protestas han tenido lugar todos los días desde abril en ciudades de todo Venezuela.
Hugo Londoño / flickr, CC BY

Hemos vivido tiempos de zozobra, mientras los actores políticos parecen más interesados en su propia supervivencia que en construir soluciones viables a un país que se encuentra profundamente roto, invertebrado.

¿Qué será de este país?

En búsqueda de soluciones mágicas

Los venezolanos hemos decidido rehuir la solución negociada y apostar por la construcción de una solución mágica que nos resuelva el asunto. Estamos a la búsqueda de una solución del tipo Disney World.

La mala noticia es que el mundo real no funciona igual a la ficción infantil: los buenos no siempre terminan ganando la partida.

Se nos han propuesto dos soluciones pobremente institucionalizadas. Por una parte hubo una consulta popular el 16 de julio, que no pareció tener un asidero constitucional sólido, convocó a la gente a participar en una dinámica paralela ajena a la realidad institucional del aparato estatal.

El referendum, organizado por la oposición, preguntó si el pueblo venezolano estaba de acuerdo con el plan del gobierno de Maduro de adelantar un proceso constituyente que plantea un cambio sustantivo en nuestro modelo de organización social, que propone transitar hacia el Estado Comunal, que deja muchas cosas sin aclarar.

Vale destacar que un número importante de venezolanos se opone a esta propuesta.

La segunda pregunta, que solicita a las Fuerzas Armadas desconocer al gobierno de Maduro, tiene un carácter abiertamente sedicioso en la medida en que convoca a las Fuerzas Armadas a actuar para eventualmente sacar al gobierno del poder. La gente se manifestó abierta a esa posibildad arriesgada.

Y ahora sale la huelga.

Por otra parte, tenemos la convocatoria a una Asambla Nacional Constituyente, se trata de un proceso abiertamente dominada por el partido de gobierno, que no responde a una interpretación estricta de la Constitución y que ignora tanto el conflicto social nacional como las voces disonantes.

Si se logra pasar, los 545 miembros de la asamblea, eligidos este domingo, tendrían el derecho de redefinir los contenidos de nuestra construcción republicana. No es poca cosa.

Frente a dos miradas del mismo país —a dos proyectos excluyentes a miradas dicotómicas— se observa una profunda incapacidad para llegar a acuerdos funcionales que nos permitan avanzar hacia el futuro, mediante el reconocimiento del otro, y la construcción de un proyecto de país común e inclusivo.

Si las personas no pueden construir una estrategia común y de inclusión para el futuro, en Venezuela tal vez no haya un final de “y vivieron felices para siempre”.

The Conversation

Miguel Angel Latouche does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

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